domingo, 24 de julio de 2011

II - Navidad: lluviosa, pequeña y soñada


Miro por la ventana, llueve con fuerza sobre la calle vacía en el día de Navidad. Miro por la ventana y me pregunto si habrá alguien haciendo lo mismo. Intento imaginarme cómo será esa persona, un juego que me gusta practicar para olvidar quién soy. Pero mi imaginación va tan lejos que ya no es una persona lo que veo, sino algo diferente. Tal vez algún marciano, tal vez sea un reflejo de lo que soy, un alma gemela, o tal vez sea ella... Es ella quien quiero que sea. La recuerdo con tanta claridad...

Pum, pum, pum. Tres golpes en la puerta me interrumpen y ella se desvanece. La voz aguda de mi madre me dice que debo poner la mesa. Me cabrea dejar de pensar en ella por un mantel y cuatro platos, pero mi padre me dijo que debía ser feliz en estas fechas y olvidarme de mis enfados para hacer felices a mamá y al abuelo. Odio a mi madre, odio a mi padre y detesto a mi abuelo, pero he de comportarme si no quiero que me echen de casa.

“Queda poco, queda poco”.

Es una casa pequeña. Sin embargo, es mi único techo, el único lugar en el que puedo estar hasta que termine la Universidad y pueda marcharme de este piso, de esta ciudad que acumula y acumula toneladas de gotas de lluvia cada día. Ciudad pequeña, piso pequeño, aburrimiento gigantesco.

“Queda poco, queda poco”.

Vuelven a dar golpes, contesto algo para ganar tiempo pero no puedo evitar que sigan aporreando la puerta. Es mi abuelo, todo un cabrón en condiciones. Pelo blanco y piel delicada como la tela de una araña, con manchas que se asemejan a señales de muerte y asco dispersas por toda ella, una imagen aterradora, como la de todos los abuelos. El abuelo es especial, actuó en películas porno. ¿Que cómo me enteré? Cuando tenía 16, viendo una peli erótica antigua con unos amigos, leyeron mi nombre en los créditos, justo cuando salía una imagen de un tipo muy parecido al padre de mi madre. Sí, me llamaron como a mi abuelo, un nombre tan despreciable y ridículo que no me apetece recordar ahora. Mis otros yayos... todos muertos, aunque supongo que su aspecto ahora, si estuvieran vivos, no sería muy diferente al de los cadáveres andantes de “La noche de los muertos vivientes”.

Abro la puerta bruscamente, aparto a ese carcamal con cuidado de no tocarle la piel y me encamino por el angosto, tétrico y tremendamente largo pasillo hacia el comedor. Faltan vasos. Voy hacia la cocina para preguntarle a mi madre qué ha pasado con ellos. Está de espaldas, me contesta sin girarse. Pero no es su voz, no tiene ese tono agudo con el que lleva años torturándome. Es una voz dulce, amable, con intención de enamorar a todo el que escuche sus notas. Es su voz. Se gira y, efectivamente, es ella.

No entiendo qué hace con la ropa y el delantal de mi madre, pero eso ahora no me importa demasiado. Quiero decirle algo, es el momento de declararme, pero, cuando voy a mover la lengua para hablar, ésta no está, mi lengua ha desaparecido. Voy haciéndome más y más pequeño mientras ella espera, espera, se impacienta. ¿No ve que no tengo lengua? ¡Ayúdame! Aunque no me importaba, el delantal verde con ositos de mi madre comienza a estresarme, me caen chorretones de sudor por la frente. Ella sigue esperando, impaciente, más impaciente. Sus ojos se clavan en los míos como dos cuchillas azules.

Pum, pum, pum. Tres golpes en la puerta me interrumpen y ella se desvanece...

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