viernes, 29 de julio de 2011

IV - Dos mundos que aún me persiguen en sueños



Ayer le di un buen repaso a una novelucha que empecé hace tiempo. No es que sea un gran lector, o que siquiera me guste leer, sólo utilizo los (malos) libros como somnífero. Esas hojas encuadernadas con tanta prisa que incluso se voltean y nadie se molesta en cancelar la tirada son el sustituto de todas las pastillas que me recetaron cientos, miles, cientos de miles de médicos para acabar con mi problema. Ya fueran médicos estúpidos, médicos listos, altos, bajos, ricos y pobres, naturales y robóticos, diurnos y nocturnos, no dejaban de ser incompetentes y unos chupasangre o, mejor dicho, chupa-dinero. No les agradezco a mis padres todo aquel porrón de pasta que gastaron en esos chacales de bata blanca con bolis como amuletos y licenciaturas como corazas. Nunca he creído en la magia, esto no era una excepción. Y no me equivocaba, no funcionó. Así que me propuse buscar una alternativa, un pequeño favor que les hice a mis padres para que pudiesen utilizar los puñados de euros que ahorraban al mes para una semanita en algún paraje exótico (más bien anti-exótico) como es la Costa Azul. Y al fin llegué a la solución, conocí a mis queridos amigos… oh, bueno, es mejor que no diga sus nombres. Aunque yo (y mis padres) esté muy agradecido por el favor tan grande que me (nos) han hecho, sé que no se lo tomarían como algo bueno. Y es que no son otros mis queridos amigos que unos malos escritores, pésimos pensadores y horrendos divulgadores de historias, lo mejor que me ha pasado nunca. Gracias, amigos sin nombre, por ayudarme a conciliar sueños tan bonitos.

Ayer le di un buen repaso a una novelucha y ello me adormeció. Me tumbé, con ropa y sin prejuicios, y allí mismo, en la alfombra negra que descansa en el centro de mi cuarto, dormí profundamente.

No sé cuánto tiempo llevaba durmiendo, inconsciente de mí mismo y de la alfombra, cuando empecé a soñar.

Iba por un campo, irregular, con enormes cuestas hacia arriba y hacia abajo. El día, el cielo, las nubes, la hierba, parecían teñidos de naranja. Había un montón de chavales de todas las edades por el campo, también había un montón de maderos dispersos por el campo. Algunos niños jugaban con, en, entre, encima y desde los maderos dispersos por el campo. Algunos niños nos encaminábamos todos en la misma dirección, atravesando aquel día naranja, los niños juguetones y los maderos dispersos por el campo. Subíamos una cuesta, bajábamos, subíamos otra, bajábamos. No sé cuántas cuestas hicieron falta para que pasase cerca de un grupo de niños juguetones y me fijase en que no eran maderos, sino cartones los objetos con, en, entre, encima y desde los que jugaban, dispersos por el campo. Un niño estaba encima de un cartón plano, como un mapa. No se sostenía con el pie, su punto de apoyo era su pito, un pito de niño pequeño, como tantos que he visto en mi niñez. Los que lo acompañaban me dijeron que estaba todo lleno de sangre, que se había cortado un poco. Me fijé en que lo que decían era cierto: una mancha granate envolvía el cartón, que ya no era tan naranja como todo en aquel día naranja.

Los niños juguetones decidieron en ese momento acompañarnos a los demás en nuestro viaje, un viaje que no sabía a dónde nos llevaría. <<Cosas de sueños>>, pensé, y no me preocupé ni un segundo más por nuestro destino. El niño del pito sangrante se me acercó y desmintió la causa de la sangría, me dijo que era… una de esas cosas que les pasan a los niños por esas edades. Había otro a mi lado, parecía borracho, como, de más joven, iba yo con los amigos. Estaba borracho, lo sé por las cosas que decía, muy amistosas, la gente no es tan amistosa conmigo, ni siquiera en sueños, a no ser que esté borracha. Me llevaba acompañando desde que vi al niño, quizás después, quizás antes, quizás desde que empezó el sueño. Andamos y andamos, o quizás nos paramos en alguna ocasión para jugar con cartones, o quizás cogimos el tren o el metro o un bus, o quizás no avanzamos nada desde que empezó el sueño y sólo era el paisaje el que se movía.
El naranja desapareció.

Estaba en un gran piso, mi piso. Estaba en una fiesta, mi fiesta. El piso no era igual que en el que vivía (era demasiado grande, recuerda cómo era mi piso: “ciudad pequeña, piso pequeño, aburrimiento gigantesco”), pero sabía que era mío. Había decenas de personas (no muchas, puede que menos de veinte) entre las que estaban una amiga y mi hermana. El resto eran tipas que no conocía o, si acaso, las había visto una o dos veces en mi vida. Era como un reflejo negativo, la antítesis del día naranja. El piso-fiesta tenía colores pálidos, anti-retro, los de las heladerías americanas, o no, holandesas, australianas, brasileñas, predominaba el rosa, seguido por el azul. Todos los invitados eran mujeres, o niñas muy mayores. Pero yo no era mujer, era el niño de antes, o el niño de antes algo crecido y madurado por el camino.

Como es propio de una fiesta, todos comían y bebían cosas de una mesa alargada con un mantel de papel. No me gustaba nada esa fiesta y sigue sin gustarme. Mis padres se aparecieron como dos fantasmas, del mismo color que el ambiente rosa-azul pálido, y les grité, lloré y supliqué que acabasen con aquello. Entonces me enteré de que toda aquella fiesta era por ellos. No quería resignarme, no quería bailar ni beber ni comer una mierda en aquella estúpida fiesta que organizaban mis padres. Sabía que era por mí y mi hermana, pero no conocía a nadie. Les dije a mis progenitores que yo ya no tenía amigos, que era todo inservible, que aquellas mujeres y niñas creciditas no me querían, no les importaba una mierda. Pero mis padres no hicieron nada, nunca hacen nada…

Tal vez ella apareciese en el sueño. Quizás sí, quizás no, quizás a veces y quizás siempre, quizás nunca.

Por si acaso, hoy he mirado en mis calzoncillos para encontrar la prueba de su aparición. Sí estuvo presente, quizás a veces o quizás siempre, quizás nunca. Sí, quizás nunca y sea únicamente una obsesión. Una obsesión que persigo en sueños.


III - Alicia



Volví a Santander con las primeras lluvias de enero. La noche de Reyes estuve tentado de velar despierto hasta descubrir la llegada de los mágicos portadores de regalos, como hacía cuando era pequeño. No lo hice. ¿Y si lo hubiera hecho? ¿Los hubiera descubierto? Me quedó la misma duda que todas aquellas anteriores noches de Reyes después de dormirme a mitad de la velada.

A la mañana, mi madre me despertó con una sonrisa y me levanté alegre a recibir nuevos libros que leer, nueva ropa que vestir y un pedal para darle efectos a la guitarra eléctrica que me habían regalado en mi anterior cumpleaños. Yo aún no sabía tocar demasiadas canciones. En realidad, ninguna completa, sólo algunas partes, pero disfrutaba rasgueando al tuntún las cuerdas con mi púa marrón de manchas. Me creía un profesional por tocar un par de veces sin equivocarme el comienzo de “Sweet child of mine”. En cuanto a los libros, he de decir que me gustaron: “El cementerio de Praga” de Umberto Eco y “El palacio de la luna” de Paul Auster. Especialmente el segundo. Mostraba una visión tan pura y sincera de la vida que me maravilló. Nunca había leído cosa igual. No puedo explicarlo. Cuando te disparan la vida a los ojos de una forma tan directa y clara no suelen quedar palabras para describirlo. Y es que las palabras pueden decir muchas cosas, pero nunca dicen nada sobre la vida. De cualquier forma, no escribo este diario para hablar de libros. Los libros hablan por sí solos y cualquiera puede escucharlos. Yo sólo estaría entorpeciendo su mensaje al retransmitirlo.

Volví a clase el diez de enero, el primer día estudiable (decir “laborable” me suena demasiado serio) tras la llegada de los Reyes Magos. Vivía cerca del instituto “La Albericia”, así que no tenía que madrugar más que el resto de compañeros para poder llegar andando todos los días antes que nadie. Llegaba siempre el primero porque me gustaba sentarme solo en la mesa al fondo de la clase, abrir la ventana y sentir la brisa del alba acariciar mi rostro, mientras mi mirada se perdía más allá de los campos verdes de fútbol que rodeaban el edificio. Me gustaba observar llegar a todos y cada uno de mis compañeros, solitarios también o conversando en grupos a la entrada de clase. Yo no hablaba aún con casi ninguno, es decir, poco más aparte de las cortesías estudiantiles para prestar deberes y ayudar con los ejercicios de Matemáticas o Física. Era nuevo allí, me había mudado con mis padres a principios del pasado verano, dejando atrás el sofocante calor de junio de Salamanca para pasar a la calidez agradable de la costa.

Todos los alumnos que se habían congregado a la puerta de la clase y conversaban con caras soñolientas entraron de golpe a clase y se fueron sentando en sus sitios. Yo imité su gesto y me dirigí a mi asiento. Segunda fila con ventanilla. Las mesas estaban agrupadas de dos en dos y me senté allí el primer día porque era el único par libre en toda la clase, lo que significaría que estaría sin compañero, algo muy agradable para mi estúpido instinto de “alumno nuevo que no conoce a nadie”. Tampoco he de negar que me gustaba la perspectiva de la cercanía del ventanal para perder la vista más allá de los campos verdes de fútbol cuando las palabras de algún profesor se arremolinaran sin sentido en torno a mi cabeza. Sin embargo, mis planes se vieron frustrados cuando una chica de pelo ondulado y castaño claro y espíritu alegre entró sonriente, como hoy, después de que el profesor ya hubiera cerrado la puerta.

-Llegas tarde -fue el comentario retórico del profesor. Ella lo miró con ojos de disculpa-. Espero que sea la primera y última vez -obviamente, habría muchas más veces, y además muy a menudo en su caso. Pero era una frase demasiado repetida como para dejar de pronunciarla. Muchas veces, cuando nos acostumbramos a un acto, seguimos repitiéndolo aunque ya haya perdido su sentido original, e incluso cuando ya hemos olvidado cuál era éste.

La chica repasó la clase con los ojos y halló que sólo quedaba un sitio libre: la otra mesa que hacía par con la mía. Se dirigió con pasos apresurados para superar la mirada fulminante del profesor y se sentó a mi lado. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y observé su ropa mientras se quitaba su chaqueta vaquera.

-Te queda bien la chaqueta -comenté casi sin pensarlo. Al contrario de lo que se pudiera pensar, yo no era alguien tímido.

Ella me miró perpleja, desde luego no se esperaba un comentario así de alguien que ni siquiera conocía.

-G... gracias -respondió con una risita nerviosa, observándome aún algo sorprendida por mi atrevimiento.

Yo me encogí de hombros y dirigí la vista al profesor, que comenzaba a pasar lista.

Se llamaba Alicia. Al principio tenía muy claro que en un instituto así no encontraría a nadie cuya compañía y amistad mereciera la pena. Pero pasó un mes, hablábamos progresivamente más y más en clase (hasta el punto de que los profesores nos reñían de vez en cuando) y comencé a dudarlo. Me ofreció ir con sus amigas en los recreos. Normalmente yo los pasaba encerrado entre mis auriculares y mi música, dando largos paseos o rasgando el papel con mi bolígrafo mientras formaba historietas y poemas. Ella me caía bien, pero eso no implicaba que con sus amigas fuera a ocurrir lo mismo. Además, los recreos relajados y ensimismados me atraían demasiado. Así pues, decliné su invitación una y otra vez (alegando excusas variadas y pintorescas, entre las que incluí una falsa timidez) hasta que hubo pasado otro mes más. Para entonces ya habían transcurrido las dos primeras evaluaciones. Era el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y habíamos compartido un par de bromas carcajeantes en clase, mereciéndonos alguna que otra mirada fulminante del profesor de turno. Tocó el timbre cuya esperanzadora llamada instigaba a los alumnos a abandonar corriendo las clases, las escaleras y, finalmente, el instituto. Guardé los libros en la mochila y me levanté, encontrándome a Alicia de pie, parada, obstaculizando mi escape. Sus amigas observaban algo más allá, desde fuera de la puerta de clase (salir justo seguido al sondiquete del timbre era un rito casi religioso).

-Ven con nosotras -sus palabras parecían sinceras y me miró a los ojos con su habitual sonrisa vivaracha.

Alguna fuerza misteriosa me llevó a sonreír a su vez y aceptar el ofrecimiento. Aunque, ¿lo hubiera podido rechazar? Esta vez más que un ofrecimiento había sido una orden. Me encogí de hombros y las seguí escaleras abajo. Alicia me presentó a sus amigas. Obviamente, yo ya conocía sus nombres y ellas ya conocían el mío (íbamos a la misma clase), pero eran protocolos que se juzgaban necesarios. Y yo tampoco iba a quejarme, al fin y al cabo era un detalle sin importancia. Pasé el recreo escuchando su cháchara sobre cosas insustanciales. Sospecho que tampoco hablaron de algo más interesante por la incomodidad de tener un nuevo oyente. Porque, casi hasta el final del recreo, esa fue mi única función en el grupo: escuchar. No es que rechazara el lenguaje (ya he dicho que no era tímido), pero había ocasiones en las que prefería escuchar, en las que me encantaba escuchar y, como alguien experto en el tema, hacer una composición de la personalidad cada una de las amigas de mi amiga (y de Alicia misma), sólo con sus palabras, su forma de hablar, sus temas de conversación, sus gestos... Era una tarea muy interesante. Incluso creo que, con tiempo y poco a poco, fui adquiriendo experiencia y mejorando las similitudes entre mis primeras impresiones y la realidad subyacente.

Ya casi había tocado el timbre que nos ordenaba volver a nuestros encierros de paredes blancas desconchadas, puertas marrones desvencijadas y pizarras verdes oscuras. Caminábamos de vuelta al instituto cuando nos encontramos con una profesora. Hice un gesto a Alicia, en recuerdo de una broma compartida en clase, acompañado por una mirada cómplice. Ella estalló en una carcajada que apenas pudo reprimir y la profesora observó molesta, pero continuó andando. Nosotros nos miramos y fuimos a chocar las manos entre carcajadas. Sin embargo, la risa hizo que nuestras palmas se desviaran de su trayectoria y no contactaran. Redoblamos las carcajadas y, de forma burlesca por nuestro fallo, fuimos a repetir nuestra actuación de nuevo. De tal forma que, siguiendo un semicírculo con origen en nuestros codos, fallaron otra vez el contacto arriba pero chocaron improvisadamente abajo. Desde entonces, se convertiría en nuestro particular saludo.

Tras la fila de alumnos que se apresuraban a acudir entre bostezos a sus respectivos sitios entró el profesor, nuestro tutor. Cerró la puerta tras su oronda barriga, rodeó las hileras de mesas y depositó su maletín encima de la mesa. Justo en ese momento llamaron a la puerta y entró una chica de cabello castaño claro despeinado. El profesor la fulminó con la mirada mientras se sentaba al borde de la mesa, dejando caer todo su peso sobre la pobre esquina de madera.

-Llegas tarde -fue su comentario retórico. Ella masculló la misma excusa de siempre y le miró con cara de súplica-. Entra, pero que sea la última vez -obviamentre, habría muchas más veces, pero era una forma estúpida de sentir que su poder no quedaba rebajado, sin atreverse tampoco a dejar a la chica fuera de clase.

Alicia se sentó a mi lado y le dirigí una sonrisa que me devolvió. A lo largo de la mañana, las clases y los recreos, nos contamos lo que habíamos hecho durante las Navidades. Ella escuchaba divertida las reflexiones sobre la Navidad que intercalaba en mi relato. No las compartía, pero mis ideas le hacían gracia y eso para mí era suficiente. Peor hubiera sido que las hubiera tomado en serio. Continuamos conversando entre amenazas de los profesores liberadas por los timbres que marcaban el inicio y el fin de los recreos. Nunca había pensado que me encontraría a gusto hablando con alguien sobre temas tan corrientes como lo que uno había hecho en Navidad, sin darle apenas importancia (como sería bueno que todos hiciéramos) a las reflexiones en las que frecuentemente se deriva. Sin embargo, en contra de mis expectativas, para mi frustración inicial y posterior satisfacción, ahí estaba el hecho: seguía hablando y hablando y era una conversación amena, corriente y agradable.

domingo, 24 de julio de 2011

II - Navidad: lluviosa, pequeña y soñada


Miro por la ventana, llueve con fuerza sobre la calle vacía en el día de Navidad. Miro por la ventana y me pregunto si habrá alguien haciendo lo mismo. Intento imaginarme cómo será esa persona, un juego que me gusta practicar para olvidar quién soy. Pero mi imaginación va tan lejos que ya no es una persona lo que veo, sino algo diferente. Tal vez algún marciano, tal vez sea un reflejo de lo que soy, un alma gemela, o tal vez sea ella... Es ella quien quiero que sea. La recuerdo con tanta claridad...

Pum, pum, pum. Tres golpes en la puerta me interrumpen y ella se desvanece. La voz aguda de mi madre me dice que debo poner la mesa. Me cabrea dejar de pensar en ella por un mantel y cuatro platos, pero mi padre me dijo que debía ser feliz en estas fechas y olvidarme de mis enfados para hacer felices a mamá y al abuelo. Odio a mi madre, odio a mi padre y detesto a mi abuelo, pero he de comportarme si no quiero que me echen de casa.

“Queda poco, queda poco”.

Es una casa pequeña. Sin embargo, es mi único techo, el único lugar en el que puedo estar hasta que termine la Universidad y pueda marcharme de este piso, de esta ciudad que acumula y acumula toneladas de gotas de lluvia cada día. Ciudad pequeña, piso pequeño, aburrimiento gigantesco.

“Queda poco, queda poco”.

Vuelven a dar golpes, contesto algo para ganar tiempo pero no puedo evitar que sigan aporreando la puerta. Es mi abuelo, todo un cabrón en condiciones. Pelo blanco y piel delicada como la tela de una araña, con manchas que se asemejan a señales de muerte y asco dispersas por toda ella, una imagen aterradora, como la de todos los abuelos. El abuelo es especial, actuó en películas porno. ¿Que cómo me enteré? Cuando tenía 16, viendo una peli erótica antigua con unos amigos, leyeron mi nombre en los créditos, justo cuando salía una imagen de un tipo muy parecido al padre de mi madre. Sí, me llamaron como a mi abuelo, un nombre tan despreciable y ridículo que no me apetece recordar ahora. Mis otros yayos... todos muertos, aunque supongo que su aspecto ahora, si estuvieran vivos, no sería muy diferente al de los cadáveres andantes de “La noche de los muertos vivientes”.

Abro la puerta bruscamente, aparto a ese carcamal con cuidado de no tocarle la piel y me encamino por el angosto, tétrico y tremendamente largo pasillo hacia el comedor. Faltan vasos. Voy hacia la cocina para preguntarle a mi madre qué ha pasado con ellos. Está de espaldas, me contesta sin girarse. Pero no es su voz, no tiene ese tono agudo con el que lleva años torturándome. Es una voz dulce, amable, con intención de enamorar a todo el que escuche sus notas. Es su voz. Se gira y, efectivamente, es ella.

No entiendo qué hace con la ropa y el delantal de mi madre, pero eso ahora no me importa demasiado. Quiero decirle algo, es el momento de declararme, pero, cuando voy a mover la lengua para hablar, ésta no está, mi lengua ha desaparecido. Voy haciéndome más y más pequeño mientras ella espera, espera, se impacienta. ¿No ve que no tengo lengua? ¡Ayúdame! Aunque no me importaba, el delantal verde con ositos de mi madre comienza a estresarme, me caen chorretones de sudor por la frente. Ella sigue esperando, impaciente, más impaciente. Sus ojos se clavan en los míos como dos cuchillas azules.

Pum, pum, pum. Tres golpes en la puerta me interrumpen y ella se desvanece...

I - La Navidad no moriría nunca


Miré más allá del reflejo de mis ojos verdes y encontré tras la ventana las calles nevadas. Las lucecitas de Navidad, como todas las anteriores Navidades, colgaban de lado a lado de las calles de Zaragoza. Esta época no siempre había tenido un sabor especial para mí. De más pequeño (no es que me crea grande con diecisiete años, quizá al contrario), había llegado a despreciarla por la monotonía de pasar Nochebuena y Nochevieja en Zaragoza con una familia cuyos miembros eran demasiado mayores o demasiado infantiles para mí, y en ningún caso compartían mis intereses. Tampoco había ayudado el hecho de que me hubieran enseñado, desde que tuve conciencia y dejé de creer en los Reyes Magos (grave error), a considerarla un cuento chino inventado por el Corte Inglés.



No obstante, fui creciendo y madurando, fui teniendo mis propias ideas y pronto me convencí de que todo aquello no podía ser mentira. Como recuerdo de algún poeta inglés: “La belleza es verdad; la verdad, belleza”. Desde entonces, tan sólo apoyado en el alféizar de la ventana, podía caminar, sin tener conciencia de ello, todas aquellas calles sin nombre (nunca me esforcé en aprender a orientarme en una ciudad que no me agradaba) y embeber con los ojos todo el brillo de las luces en forma de campanas y de estrellas que cruzaban la acera. Podía sentir cómo crujía la nieve bajo mis zapatos húmedos y pronto empapados, y dejar poco a poco que mis dedos congelados y soñolientos se abandonaran al espíritu navideño.



La Navidad lo impregnaba todo. Desde las calles, como ya he dicho, hasta las casas e incluso a nosotros mismos. Las casas se llenaban de magia, de colores, de adornos y cálidos regalos que venían a satisfacer las boquitas sonrientes de los dulces niños. Y esas mismas sonrisas que les veíamos a ellos, sólo por el espíritu de Papá Noel y los Reyes Magos, se trasladaban inmediatamente también a nuestros labios. No es difícil observar sonrisas en Navidad. Caminas por la calle y la gente comenta sus planes para las cenas y las fiestas y suelta risotadas y suspiros alegres que ni siquiera el vaho frío apaga. Llegas a un centro comercial y no hay más que observar los ojos de los adultos un instante para percibir un brillo de felicidad en todos los que buscan un regalo para sus hijos, para sus sobrinos o sus nietos. Si continuáramos desglosando su mirada podríamos, quizá también, percibir una pizca de añoranza, en recuerdo de aquellas Navidades infantiles cuando se reunía con sus familiares en casa de la abuela, con mantas junto a la hoguera de madera. Le contaban cuentos de hadas y él velaba toda la noche de Reyes intentando descubrir la llegada de los portadores de regalos.


Son costumbres que se van perdiendo. Ahora la gente escéptica y científica, la gente cuadrada, se obliga a pensar que la Navidad es un cuento chino inventado por el Corte Inglés. Necios. Si les colocaran delante la flor más bella del mundo, dirían que es de plástico sin siquiera pararse a oler su aroma, a acariciar los delicados trazos de sus pétalos, a observar los vivos colores que dispara a sus ojos, imposibles de recrear por las manos sucias y encementadas de los hombres. Son costumbres que se van perdiendo. Pero no importa. No es tiempo de reflexiones ni de amarguras, aún menos por las tristezas ajenas. Que sean felices en sus coches atascados. La Navidad no morirá nunca.



-¡Lucas, a cenar!


Despegué el rostro de la ventana. Había dejado un contorno de vaho allí donde mi respiración había entrado en contacto con la ventana fría. Me levanté de la silla y abrí la puerta de mi cuarto (también dormía allí mi padre), encontrándome con mi abuela, que andaba con pasos pequeños y lentos hacia la cocina llevando una gran cacerola que dejaba escapar un olor delicioso. Al verme, se giró y me dedicó una sonrisa. Yo se la devolví, feliz. No es difícil observar sonrisas en Navidad. Me ofrecí a ayudarla, pero como siempre rechazó mi ayuda. Sonreí por dentro. Había cosas que nunca cambiaban, aún con el paso de los años.

La seguí por el pasillo hasta el comedor (era un comedor grande y espacioso, de otra forma no hubiéramos cabido todos) y me senté en la silla que me habían destinado. Estaba colocado entre lo que se podrían denominar los adultos y los niños, como correspondía a mi edad, aunque yo casi me sentía más próximo a los niños (he de detallar que a alguno de los llamados “adultos” se les debería considerar también niños). Como siempre, la cena discurriría entre alegres conversaciones, interrumpidas tan sólo por la cabezonería infantil de alguno de los enanos que se negara a comer el jamón o el pavo. Después, llegaría la hora de las campanadas y las uvas, con las felicitaciones, besos y abrazos de Año Nuevo. Más tarde, los regalos (en mi familia había tradición de regalar entre los propios miembros, unos a otros de forma secreta, y era sin duda una costumbre estupenda) entre los gritos de júbilo de los pequeños al conseguir su juguete preferido o las sonrisas y los ojos tiernos de los grandes al sorprenderse de qué bien lo conocían y cómo habían acertado con su regalo.



La Navidad no moriría nunca.