viernes, 29 de julio de 2011

III - Alicia



Volví a Santander con las primeras lluvias de enero. La noche de Reyes estuve tentado de velar despierto hasta descubrir la llegada de los mágicos portadores de regalos, como hacía cuando era pequeño. No lo hice. ¿Y si lo hubiera hecho? ¿Los hubiera descubierto? Me quedó la misma duda que todas aquellas anteriores noches de Reyes después de dormirme a mitad de la velada.

A la mañana, mi madre me despertó con una sonrisa y me levanté alegre a recibir nuevos libros que leer, nueva ropa que vestir y un pedal para darle efectos a la guitarra eléctrica que me habían regalado en mi anterior cumpleaños. Yo aún no sabía tocar demasiadas canciones. En realidad, ninguna completa, sólo algunas partes, pero disfrutaba rasgueando al tuntún las cuerdas con mi púa marrón de manchas. Me creía un profesional por tocar un par de veces sin equivocarme el comienzo de “Sweet child of mine”. En cuanto a los libros, he de decir que me gustaron: “El cementerio de Praga” de Umberto Eco y “El palacio de la luna” de Paul Auster. Especialmente el segundo. Mostraba una visión tan pura y sincera de la vida que me maravilló. Nunca había leído cosa igual. No puedo explicarlo. Cuando te disparan la vida a los ojos de una forma tan directa y clara no suelen quedar palabras para describirlo. Y es que las palabras pueden decir muchas cosas, pero nunca dicen nada sobre la vida. De cualquier forma, no escribo este diario para hablar de libros. Los libros hablan por sí solos y cualquiera puede escucharlos. Yo sólo estaría entorpeciendo su mensaje al retransmitirlo.

Volví a clase el diez de enero, el primer día estudiable (decir “laborable” me suena demasiado serio) tras la llegada de los Reyes Magos. Vivía cerca del instituto “La Albericia”, así que no tenía que madrugar más que el resto de compañeros para poder llegar andando todos los días antes que nadie. Llegaba siempre el primero porque me gustaba sentarme solo en la mesa al fondo de la clase, abrir la ventana y sentir la brisa del alba acariciar mi rostro, mientras mi mirada se perdía más allá de los campos verdes de fútbol que rodeaban el edificio. Me gustaba observar llegar a todos y cada uno de mis compañeros, solitarios también o conversando en grupos a la entrada de clase. Yo no hablaba aún con casi ninguno, es decir, poco más aparte de las cortesías estudiantiles para prestar deberes y ayudar con los ejercicios de Matemáticas o Física. Era nuevo allí, me había mudado con mis padres a principios del pasado verano, dejando atrás el sofocante calor de junio de Salamanca para pasar a la calidez agradable de la costa.

Todos los alumnos que se habían congregado a la puerta de la clase y conversaban con caras soñolientas entraron de golpe a clase y se fueron sentando en sus sitios. Yo imité su gesto y me dirigí a mi asiento. Segunda fila con ventanilla. Las mesas estaban agrupadas de dos en dos y me senté allí el primer día porque era el único par libre en toda la clase, lo que significaría que estaría sin compañero, algo muy agradable para mi estúpido instinto de “alumno nuevo que no conoce a nadie”. Tampoco he de negar que me gustaba la perspectiva de la cercanía del ventanal para perder la vista más allá de los campos verdes de fútbol cuando las palabras de algún profesor se arremolinaran sin sentido en torno a mi cabeza. Sin embargo, mis planes se vieron frustrados cuando una chica de pelo ondulado y castaño claro y espíritu alegre entró sonriente, como hoy, después de que el profesor ya hubiera cerrado la puerta.

-Llegas tarde -fue el comentario retórico del profesor. Ella lo miró con ojos de disculpa-. Espero que sea la primera y última vez -obviamente, habría muchas más veces, y además muy a menudo en su caso. Pero era una frase demasiado repetida como para dejar de pronunciarla. Muchas veces, cuando nos acostumbramos a un acto, seguimos repitiéndolo aunque ya haya perdido su sentido original, e incluso cuando ya hemos olvidado cuál era éste.

La chica repasó la clase con los ojos y halló que sólo quedaba un sitio libre: la otra mesa que hacía par con la mía. Se dirigió con pasos apresurados para superar la mirada fulminante del profesor y se sentó a mi lado. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y observé su ropa mientras se quitaba su chaqueta vaquera.

-Te queda bien la chaqueta -comenté casi sin pensarlo. Al contrario de lo que se pudiera pensar, yo no era alguien tímido.

Ella me miró perpleja, desde luego no se esperaba un comentario así de alguien que ni siquiera conocía.

-G... gracias -respondió con una risita nerviosa, observándome aún algo sorprendida por mi atrevimiento.

Yo me encogí de hombros y dirigí la vista al profesor, que comenzaba a pasar lista.

Se llamaba Alicia. Al principio tenía muy claro que en un instituto así no encontraría a nadie cuya compañía y amistad mereciera la pena. Pero pasó un mes, hablábamos progresivamente más y más en clase (hasta el punto de que los profesores nos reñían de vez en cuando) y comencé a dudarlo. Me ofreció ir con sus amigas en los recreos. Normalmente yo los pasaba encerrado entre mis auriculares y mi música, dando largos paseos o rasgando el papel con mi bolígrafo mientras formaba historietas y poemas. Ella me caía bien, pero eso no implicaba que con sus amigas fuera a ocurrir lo mismo. Además, los recreos relajados y ensimismados me atraían demasiado. Así pues, decliné su invitación una y otra vez (alegando excusas variadas y pintorescas, entre las que incluí una falsa timidez) hasta que hubo pasado otro mes más. Para entonces ya habían transcurrido las dos primeras evaluaciones. Era el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y habíamos compartido un par de bromas carcajeantes en clase, mereciéndonos alguna que otra mirada fulminante del profesor de turno. Tocó el timbre cuya esperanzadora llamada instigaba a los alumnos a abandonar corriendo las clases, las escaleras y, finalmente, el instituto. Guardé los libros en la mochila y me levanté, encontrándome a Alicia de pie, parada, obstaculizando mi escape. Sus amigas observaban algo más allá, desde fuera de la puerta de clase (salir justo seguido al sondiquete del timbre era un rito casi religioso).

-Ven con nosotras -sus palabras parecían sinceras y me miró a los ojos con su habitual sonrisa vivaracha.

Alguna fuerza misteriosa me llevó a sonreír a su vez y aceptar el ofrecimiento. Aunque, ¿lo hubiera podido rechazar? Esta vez más que un ofrecimiento había sido una orden. Me encogí de hombros y las seguí escaleras abajo. Alicia me presentó a sus amigas. Obviamente, yo ya conocía sus nombres y ellas ya conocían el mío (íbamos a la misma clase), pero eran protocolos que se juzgaban necesarios. Y yo tampoco iba a quejarme, al fin y al cabo era un detalle sin importancia. Pasé el recreo escuchando su cháchara sobre cosas insustanciales. Sospecho que tampoco hablaron de algo más interesante por la incomodidad de tener un nuevo oyente. Porque, casi hasta el final del recreo, esa fue mi única función en el grupo: escuchar. No es que rechazara el lenguaje (ya he dicho que no era tímido), pero había ocasiones en las que prefería escuchar, en las que me encantaba escuchar y, como alguien experto en el tema, hacer una composición de la personalidad cada una de las amigas de mi amiga (y de Alicia misma), sólo con sus palabras, su forma de hablar, sus temas de conversación, sus gestos... Era una tarea muy interesante. Incluso creo que, con tiempo y poco a poco, fui adquiriendo experiencia y mejorando las similitudes entre mis primeras impresiones y la realidad subyacente.

Ya casi había tocado el timbre que nos ordenaba volver a nuestros encierros de paredes blancas desconchadas, puertas marrones desvencijadas y pizarras verdes oscuras. Caminábamos de vuelta al instituto cuando nos encontramos con una profesora. Hice un gesto a Alicia, en recuerdo de una broma compartida en clase, acompañado por una mirada cómplice. Ella estalló en una carcajada que apenas pudo reprimir y la profesora observó molesta, pero continuó andando. Nosotros nos miramos y fuimos a chocar las manos entre carcajadas. Sin embargo, la risa hizo que nuestras palmas se desviaran de su trayectoria y no contactaran. Redoblamos las carcajadas y, de forma burlesca por nuestro fallo, fuimos a repetir nuestra actuación de nuevo. De tal forma que, siguiendo un semicírculo con origen en nuestros codos, fallaron otra vez el contacto arriba pero chocaron improvisadamente abajo. Desde entonces, se convertiría en nuestro particular saludo.

Tras la fila de alumnos que se apresuraban a acudir entre bostezos a sus respectivos sitios entró el profesor, nuestro tutor. Cerró la puerta tras su oronda barriga, rodeó las hileras de mesas y depositó su maletín encima de la mesa. Justo en ese momento llamaron a la puerta y entró una chica de cabello castaño claro despeinado. El profesor la fulminó con la mirada mientras se sentaba al borde de la mesa, dejando caer todo su peso sobre la pobre esquina de madera.

-Llegas tarde -fue su comentario retórico. Ella masculló la misma excusa de siempre y le miró con cara de súplica-. Entra, pero que sea la última vez -obviamentre, habría muchas más veces, pero era una forma estúpida de sentir que su poder no quedaba rebajado, sin atreverse tampoco a dejar a la chica fuera de clase.

Alicia se sentó a mi lado y le dirigí una sonrisa que me devolvió. A lo largo de la mañana, las clases y los recreos, nos contamos lo que habíamos hecho durante las Navidades. Ella escuchaba divertida las reflexiones sobre la Navidad que intercalaba en mi relato. No las compartía, pero mis ideas le hacían gracia y eso para mí era suficiente. Peor hubiera sido que las hubiera tomado en serio. Continuamos conversando entre amenazas de los profesores liberadas por los timbres que marcaban el inicio y el fin de los recreos. Nunca había pensado que me encontraría a gusto hablando con alguien sobre temas tan corrientes como lo que uno había hecho en Navidad, sin darle apenas importancia (como sería bueno que todos hiciéramos) a las reflexiones en las que frecuentemente se deriva. Sin embargo, en contra de mis expectativas, para mi frustración inicial y posterior satisfacción, ahí estaba el hecho: seguía hablando y hablando y era una conversación amena, corriente y agradable.

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