Miré más allá del reflejo de mis ojos verdes y encontré tras la ventana las calles nevadas. Las lucecitas de Navidad, como todas las anteriores Navidades, colgaban de lado a lado de las calles de Zaragoza. Esta época no siempre había tenido un sabor especial para mí. De más pequeño (no es que me crea grande con diecisiete años, quizá al contrario), había llegado a despreciarla por la monotonía de pasar Nochebuena y Nochevieja en Zaragoza con una familia cuyos miembros eran demasiado mayores o demasiado infantiles para mí, y en ningún caso compartían mis intereses. Tampoco había ayudado el hecho de que me hubieran enseñado, desde que tuve conciencia y dejé de creer en los Reyes Magos (grave error), a considerarla un cuento chino inventado por el Corte Inglés.
No obstante, fui creciendo y madurando, fui teniendo mis propias ideas y pronto me convencí de que todo aquello no podía ser mentira. Como recuerdo de algún poeta inglés: “La belleza es verdad; la verdad, belleza”. Desde entonces, tan sólo apoyado en el alféizar de la ventana, podía caminar, sin tener conciencia de ello, todas aquellas calles sin nombre (nunca me esforcé en aprender a orientarme en una ciudad que no me agradaba) y embeber con los ojos todo el brillo de las luces en forma de campanas y de estrellas que cruzaban la acera. Podía sentir cómo crujía la nieve bajo mis zapatos húmedos y pronto empapados, y dejar poco a poco que mis dedos congelados y soñolientos se abandonaran al espíritu navideño.
La Navidad lo impregnaba todo. Desde las calles, como ya he dicho, hasta las casas e incluso a nosotros mismos. Las casas se llenaban de magia, de colores, de adornos y cálidos regalos que venían a satisfacer las boquitas sonrientes de los dulces niños. Y esas mismas sonrisas que les veíamos a ellos, sólo por el espíritu de Papá Noel y los Reyes Magos, se trasladaban inmediatamente también a nuestros labios. No es difícil observar sonrisas en Navidad. Caminas por la calle y la gente comenta sus planes para las cenas y las fiestas y suelta risotadas y suspiros alegres que ni siquiera el vaho frío apaga. Llegas a un centro comercial y no hay más que observar los ojos de los adultos un instante para percibir un brillo de felicidad en todos los que buscan un regalo para sus hijos, para sus sobrinos o sus nietos. Si continuáramos desglosando su mirada podríamos, quizá también, percibir una pizca de añoranza, en recuerdo de aquellas Navidades infantiles cuando se reunía con sus familiares en casa de la abuela, con mantas junto a la hoguera de madera. Le contaban cuentos de hadas y él velaba toda la noche de Reyes intentando descubrir la llegada de los portadores de regalos.
Son costumbres que se van perdiendo. Ahora la gente escéptica y científica, la gente cuadrada, se obliga a pensar que la Navidad es un cuento chino inventado por el Corte Inglés. Necios. Si les colocaran delante la flor más bella del mundo, dirían que es de plástico sin siquiera pararse a oler su aroma, a acariciar los delicados trazos de sus pétalos, a observar los vivos colores que dispara a sus ojos, imposibles de recrear por las manos sucias y encementadas de los hombres. Son costumbres que se van perdiendo. Pero no importa. No es tiempo de reflexiones ni de amarguras, aún menos por las tristezas ajenas. Que sean felices en sus coches atascados. La Navidad no morirá nunca.
-¡Lucas, a cenar!
Despegué el rostro de la ventana. Había dejado un contorno de vaho allí donde mi respiración había entrado en contacto con la ventana fría. Me levanté de la silla y abrí la puerta de mi cuarto (también dormía allí mi padre), encontrándome con mi abuela, que andaba con pasos pequeños y lentos hacia la cocina llevando una gran cacerola que dejaba escapar un olor delicioso. Al verme, se giró y me dedicó una sonrisa. Yo se la devolví, feliz. No es difícil observar sonrisas en Navidad. Me ofrecí a ayudarla, pero como siempre rechazó mi ayuda. Sonreí por dentro. Había cosas que nunca cambiaban, aún con el paso de los años.
La seguí por el pasillo hasta el comedor (era un comedor grande y espacioso, de otra forma no hubiéramos cabido todos) y me senté en la silla que me habían destinado. Estaba colocado entre lo que se podrían denominar los adultos y los niños, como correspondía a mi edad, aunque yo casi me sentía más próximo a los niños (he de detallar que a alguno de los llamados “adultos” se les debería considerar también niños). Como siempre, la cena discurriría entre alegres conversaciones, interrumpidas tan sólo por la cabezonería infantil de alguno de los enanos que se negara a comer el jamón o el pavo. Después, llegaría la hora de las campanadas y las uvas, con las felicitaciones, besos y abrazos de Año Nuevo. Más tarde, los regalos (en mi familia había tradición de regalar entre los propios miembros, unos a otros de forma secreta, y era sin duda una costumbre estupenda) entre los gritos de júbilo de los pequeños al conseguir su juguete preferido o las sonrisas y los ojos tiernos de los grandes al sorprenderse de qué bien lo conocían y cómo habían acertado con su regalo.
La Navidad no moriría nunca.
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