Ayer le di un buen repaso a una novelucha que empecé hace tiempo. No es que sea un gran lector, o que siquiera me guste leer, sólo utilizo los (malos) libros como somnífero. Esas hojas encuadernadas con tanta prisa que incluso se voltean y nadie se molesta en cancelar la tirada son el sustituto de todas las pastillas que me recetaron cientos, miles, cientos de miles de médicos para acabar con mi problema. Ya fueran médicos estúpidos, médicos listos, altos, bajos, ricos y pobres, naturales y robóticos, diurnos y nocturnos, no dejaban de ser incompetentes y unos chupasangre o, mejor dicho, chupa-dinero. No les agradezco a mis padres todo aquel porrón de pasta que gastaron en esos chacales de bata blanca con bolis como amuletos y licenciaturas como corazas. Nunca he creído en la magia, esto no era una excepción. Y no me equivocaba, no funcionó. Así que me propuse buscar una alternativa, un pequeño favor que les hice a mis padres para que pudiesen utilizar los puñados de euros que ahorraban al mes para una semanita en algún paraje exótico (más bien anti-exótico) como es la Costa Azul. Y al fin llegué a la solución, conocí a mis queridos amigos… oh, bueno, es mejor que no diga sus nombres. Aunque yo (y mis padres) esté muy agradecido por el favor tan grande que me (nos) han hecho, sé que no se lo tomarían como algo bueno. Y es que no son otros mis queridos amigos que unos malos escritores, pésimos pensadores y horrendos divulgadores de historias, lo mejor que me ha pasado nunca. Gracias, amigos sin nombre, por ayudarme a conciliar sueños tan bonitos.
Ayer le di un buen repaso a una novelucha y ello me adormeció. Me tumbé, con ropa y sin prejuicios, y allí mismo, en la alfombra negra que descansa en el centro de mi cuarto, dormí profundamente.
No sé cuánto tiempo llevaba durmiendo, inconsciente de mí mismo y de la alfombra, cuando empecé a soñar.
Iba por un campo, irregular, con enormes cuestas hacia arriba y hacia abajo. El día, el cielo, las nubes, la hierba, parecían teñidos de naranja. Había un montón de chavales de todas las edades por el campo, también había un montón de maderos dispersos por el campo. Algunos niños jugaban con, en, entre, encima y desde los maderos dispersos por el campo. Algunos niños nos encaminábamos todos en la misma dirección, atravesando aquel día naranja, los niños juguetones y los maderos dispersos por el campo. Subíamos una cuesta, bajábamos, subíamos otra, bajábamos. No sé cuántas cuestas hicieron falta para que pasase cerca de un grupo de niños juguetones y me fijase en que no eran maderos, sino cartones los objetos con, en, entre, encima y desde los que jugaban, dispersos por el campo. Un niño estaba encima de un cartón plano, como un mapa. No se sostenía con el pie, su punto de apoyo era su pito, un pito de niño pequeño, como tantos que he visto en mi niñez. Los que lo acompañaban me dijeron que estaba todo lleno de sangre, que se había cortado un poco. Me fijé en que lo que decían era cierto: una mancha granate envolvía el cartón, que ya no era tan naranja como todo en aquel día naranja.
Los niños juguetones decidieron en ese momento acompañarnos a los demás en nuestro viaje, un viaje que no sabía a dónde nos llevaría. <<Cosas de sueños>>, pensé, y no me preocupé ni un segundo más por nuestro destino. El niño del pito sangrante se me acercó y desmintió la causa de la sangría, me dijo que era… una de esas cosas que les pasan a los niños por esas edades. Había otro a mi lado, parecía borracho, como, de más joven, iba yo con los amigos. Estaba borracho, lo sé por las cosas que decía, muy amistosas, la gente no es tan amistosa conmigo, ni siquiera en sueños, a no ser que esté borracha. Me llevaba acompañando desde que vi al niño, quizás después, quizás antes, quizás desde que empezó el sueño. Andamos y andamos, o quizás nos paramos en alguna ocasión para jugar con cartones, o quizás cogimos el tren o el metro o un bus, o quizás no avanzamos nada desde que empezó el sueño y sólo era el paisaje el que se movía.
El naranja desapareció.
Estaba en un gran piso, mi piso. Estaba en una fiesta, mi fiesta. El piso no era igual que en el que vivía (era demasiado grande, recuerda cómo era mi piso: “ciudad pequeña, piso pequeño, aburrimiento gigantesco”), pero sabía que era mío. Había decenas de personas (no muchas, puede que menos de veinte) entre las que estaban una amiga y mi hermana. El resto eran tipas que no conocía o, si acaso, las había visto una o dos veces en mi vida. Era como un reflejo negativo, la antítesis del día naranja. El piso-fiesta tenía colores pálidos, anti-retro, los de las heladerías americanas, o no, holandesas, australianas, brasileñas, predominaba el rosa, seguido por el azul. Todos los invitados eran mujeres, o niñas muy mayores. Pero yo no era mujer, era el niño de antes, o el niño de antes algo crecido y madurado por el camino.
Como es propio de una fiesta, todos comían y bebían cosas de una mesa alargada con un mantel de papel. No me gustaba nada esa fiesta y sigue sin gustarme. Mis padres se aparecieron como dos fantasmas, del mismo color que el ambiente rosa-azul pálido, y les grité, lloré y supliqué que acabasen con aquello. Entonces me enteré de que toda aquella fiesta era por ellos. No quería resignarme, no quería bailar ni beber ni comer una mierda en aquella estúpida fiesta que organizaban mis padres. Sabía que era por mí y mi hermana, pero no conocía a nadie. Les dije a mis progenitores que yo ya no tenía amigos, que era todo inservible, que aquellas mujeres y niñas creciditas no me querían, no les importaba una mierda. Pero mis padres no hicieron nada, nunca hacen nada…
Tal vez ella apareciese en el sueño. Quizás sí, quizás no, quizás a veces y quizás siempre, quizás nunca.
Por si acaso, hoy he mirado en mis calzoncillos para encontrar la prueba de su aparición. Sí estuvo presente, quizás a veces o quizás siempre, quizás nunca. Sí, quizás nunca y sea únicamente una obsesión. Una obsesión que persigo en sueños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario